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martes, 30 de agosto de 2022

AUTO ENMIENDA A LA TOTALIDAD

UNA NUEVA MIRADA SOBRE EL DESARROLLO TURÍSTICO DE NUESTROS PUEBLOS: SOSTENIBILIDAD FRENTE A MASIFICACIÓN

El río Tajo, aguas abajo del Puente de Albalat o de Carlos V (Foto: J.C,Moreno)

A veces uno yerra; como todos. Pero lo malo no es eso, sino enrocarse en el error, sin querer reconocerlo, reincidiendo en el mismo y sin aprender nada de la experiencia acumulada.

En estos tiempos en que parece que en el Campo Arañuelo se está empezando a abordar de una manera más firme la idea de promover un desarrollo turístico de la comarca, sería conveniente no repetir modelos actuales que quizá no sean tan acertados como se podría suponer a simple vista.

En este sentido, y haciendo una especie de auto enmienda a la totalidad, paso a exponer algunas reflexiones que creo no habría que dejar caer en saco roto a las primeras de cambio, solo por no pertenecer a la línea estratégica estándar establecida y que podríamos definir como “normativa”.

Supongo que una buena mayoría coincidiremos en que queremos para nuestra comarca unos pueblos con niveles de desarrollo y servicios adecuados para hacer a sus habitantes la vida mejor, más cómoda y con las necesidades cubiertas, contribuyendo así a su pervivencia. Es decir: empleo, estabilidad y servicios. Todo ello, debe lograrse de una manera sostenible para el mundo rural, dándole el valor real que se merece y que en muchas ocasiones soslayamos. Y el turismo en sí no deja de ser una herramienta económica más para contribuir a ello, pero no debe ser el “alma mater” en el que basar la supervivencia de nuestros pueblos.

En busca de esas metas y gracias al potencial patrimonial, medioambiental y paisajístico de la región extremeña, e intentando lícitamente sacar tajada de la indudable aportación del turismo a la economía española, Extremadura en su conjunto y algunas de sus comarcas en particular, llevan ya algunas décadas volcadas en lograr una parte importante de ese pastel turístico. Pero para ello, quizá nos hemos olvidado de mantener un equilibrio adecuado entre los usos y costumbres sociales y económicos de la vida rural y la explotación de los indudables recursos y atractivos naturales de nuestras comarcas.

Debo aclarar que esta revisión a mis planteamientos llevaba escrita en el cajón de los pendientes hace algunos meses, bastante antes de los aciagos días en que los incendios arrasaron importantes zonas de gran valor medioambiental, turístico y, sobre todo, humano de nuestro entorno más cercano. Tristemente, estos hechos me vienen a refrendar en mis apreciaciones.

Zona afectada por los incendios y la basura en las cercanías
del embalse de Valdecañas (Foto: J.C.Moreno).

Sin ir más lejos, a lo largo de este verano nos estamos dando cuenta cruelmente de que la terrible plaga de incendios que está asolando tanto a Extremadura como a buena parte del resto de la península ibérica podría haberse evitado, o cuanto menos limitado su impacto, bajo una buena gestión de mantenimiento de los bosques y una actividad agroganadera y del mundo rural al uso.

Así pues, lo que es bueno para unas cosas, quizá no lo sea tanto para otras. Y de ahí surge mi convicción de esta auto enmienda a la totalidad en cuanto a la visión de lo que debe ser la apuesta turística para el desarrollo de los pueblos de nuestra comarca. Una autocorrección madurada en el tiempo y alcanzada en base a escuchar la opinión de voces muy relevantes para mí y de la apreciación personal a lo largo de los años.

A modo de ejemplo, en una reciente escapada rápida a uno de los valles extremeños de mayor tirón turístico -al margen, hay que reconocer el arduo y valeroso trabajo de desarrollo y promoción llevado a cabo durante varias décadas en el mismo- pude comprobar los efectos que acarrea: masificación que copaba las travesías de la carretera por los pueblos -eso sí, llenando terrazas, bares y restaurantes, que no hay mal que por bien no venga, que dice el refrán- y sus alrededores, así como prácticamente cualquier rincón accesible del valle y de su cuenca fluvial. Mucha gente (mucho visitante, a ser posible bien provisto económicamente) y enorme dificultad para poder saborear el aroma de sus pueblos, de su entorno, de sus gargantas, etc. que tanto nos agradan. Amén de unos precios ya enfocados más al foráneo de visitas esporádicas o únicas que al cliente local/territorial recurrente. En definitiva, un ambiente más relacionado habitualmente con los destinos de playa sobresaturados.

Lamentablemente, este no es un hecho aislado, sino que el patrón se repite machaconamente cada vez en más destinos de entornos naturales o patrimoniales que han visto en el turismo masivo una sabrosa fuente de ingresos. Tanto en otros enclaves de la propia provincia cacereña, de Extremadura, como del resto de España, por delimitarnos a nuestro territorio; aunque es un fenómeno que se expande allende fronteras y que llevándose a su extremo más radical ha alcanzado incluso a la saturación en las dos cimas más altas del planeta, desde hace algunos años ya en el Everest (Himalaya), y recientemente en el K2 (Karakorum). 

Un modelo que sin duda ha servido para lanzar económicamente a esos destinos, pero que, a la larga, si no se realiza con sumo cuidado y control, puede provocar efectos contraproducentes. La saturación de los destinos y atractivos turísticos, sumada al no siempre respetuoso comportamiento que tenemos ante ellos (suciedad, vandalismo, etc.), genera un indeseado deterioro y rotura de ecosistemas en entornos naturales, enclaves paisajísticos o en el patrimonio histórico y arquitectónico existentes, cuyo estado se entiende pretendemos conservar y mantener. Además de fomentar una actitud localista e individualista que propicia una lucha feroz de cada cual, de cada pueblo, de cada territorio, por atraer cada vez a mayor número de visitantes, a veces a costa de lo que sea. En definitiva, un deterioro del destino, cuya consecuencia es la pérdida de parte de su atractivo inicial y por ende de su interés (turístico, cultural, social).

Frente a esta visión de sobreexplotación, debemos plantear por tanto un desarrollo turístico sostenible, más enfocado a la protección, conservación, puesta en valor y mantenimiento del patrimonio histórico-arquitectónico de nuestra comarca, que a la explotación turística masiva.

Es por todo ello que, reconociendo enmendarme la plana a mí mismo -reitero-, me posiciono abiertamente por la sostenibilidad, conservación y mantenimiento frente a la masificación. Afrontar un desarrollo sostenible de la comarca y de nuestros pueblos, en el que el turismo sea una palanca importante, pero no la base en la que depositar todas nuestras esperanzas de futuro.

Debemos apostar por un crecimiento estructural y sostenible de nuestra comarca, con empresas, negocios y empleo estable que creen valor añadido, desestacionalizado y enraizado en nuestros pueblos, que aporten estabilidad poblacional y económica y aporten riqueza al mundo rural, siendo la vertiente turística un apoyo importante, pero no el motor principal.

Columnas romanas de "La Cilla", en "Los Mármoles" (Foto: J.C.Moreno)















A la vez, debemos también velar por la conservación de nuestro ingente patrimonio natural, histórico, arquitectónico y cultural, compatibilizando su puesta en valor con su protección, entendiendo ésta como todo lo que lo rodea (entorno, paisaje, hábitat natural, pueblos, medios de vida, etc.), huyendo de las masificaciones y, por el contrario, potenciando sus valores autóctonos para el buen uso y mejor bienestar social, manteniendo las características que le han conferido su especial valor. Un entorno saludable y protegido, para el disfrute en especial de los habitantes del entorno, con lo que se genera una afluencia recurrente, una mayor protección por sentimiento de pertenencia y también un flujo económico.

A diferencia de otros destinos, el Campo Arañuelo es una comarca diversa y en esa diversidad tiene su gran potencial. Debemos apostar por el desarrollo sostenible frente al oportunismo y la masificación, compaginando el uso turístico con los entornos que deben mantener su encanto por la tranquilidad, valor paisajístico, patrimonial e histórico. 

Juan Carlos Moreno

martes, 6 de julio de 2021

MIJINAS DE PAZ



Volvemos al trajín diario. Carreras, trenes que llegan o no, alternativas para ir al trabajo, prisas, compras y más compras, atascos, ríos de gente, reloj, reloj, reloj, … A veces nos sentimos atropellados por el tiempo, o más bien por la falta de tiempo del que decimos adolecer.

Como una necesidad perentoria, trato de contrarrestar esa vorágine diaria con los rincones de paz que nos ofrece la vida y que en no pocas ocasiones ni somos conscientes de que los tenemos, ni somos capaces de apreciarlos por muy cercanos a nosotros que los tengamos. Al respecto, a menudo me vienen a la mente las a mi juicio muy sabias palabras del cantante Manolo García cuando en su deliciosa “Serena Barca” (2004, Para que no se duerman mis sentidos) dice aquello de “Y Patria, ese lugar donde el espíritu apacenta …“

Pues bien, para mí esa Patria es Yolanda, mi mujer. En ella mora mi espíritu, tranquilo y sereno, en paz, feliz y satisfecho de la vida y de cuanto juntos hemos recorrido, que no es poco después de más de treinta y dos años compartiendo amor, vida, sueños, alegrías y también sinsabores. Y es en su compañía cuando el mundo se me abre alrededor en todo su esplendor para disfrutarlo, con toda su vitalidad. Un mundo que no pretendo estridente, sino tranquilo y sosegado, de ritmos pausados que nos permitan contemplar y saborear el tiempo, la vida, lo maravilloso de cuanto nos rodea.

Y ese mundo lo podemos encontrar en cualquier rincón, en un momento cualquiera, en las cosas más sencillas. Ya sea paseando por las veredas y campos peraleos junto a casa, por las vertiginosas gargantas e imponentes panorámicas del pirenaico valle de Isábena, o contemplando el ajetreado ir y venir de cigüeñas y grullas durante su paso migratorio por las dehesas arañuelas. O deleitándonos del majestuoso vuelo de buitres y águilas dibujando los cielos de Monfragüe, o refrescándonos en las aguas alegres de los ríos de los Ibores, Gredos o los Pirineos. O viendo el reposado pacer de ovejas, vacas y caballos, que sin prisa alguna van dando cuenta de sus forrajes y pastos. O sencillamente embobados viendo a los gorriones dar de comer a sus polluelos.

Pero de entre tantos instantes imborrables, hay uno que sublima al resto, que es cuando bajo una encina Yolanda y yo compartimos un tranco de pan y chorizo. Y yo me declaro feliz, radicalmente feliz, mientras aparecen ante nosotros esas sencillas y modestas mijinas de paz.

Joanca, a 17-6-2021

viernes, 28 de agosto de 2020

SANIDAD, INVESTIGACIÓN Y FORMACIÓN, UN TRINOMIO ESENCIAL PARA NUESTRO BIENESTAR

EL COVID-19 NOS RECUERDA EL PAPEL FUNDAMENTAL DE NAVALMORAL EN LA ERRADICACIÓN DE LA PANDEMIA PALÚDICA EN ESPAÑA


En la actual situación de especial gravedad a nivel mundial como consecuencia de la pandemia del Covid-19, con importante afectación también en Navalmoral y comarca, hemos descubierto que somos más vulnerables de lo que nos creíamos. Que las cosas no vienen dadas porque sí y que el bienestar de nuestras vidas se ha forjado con el esfuerzo de mucha gente a lo largo de los años en luchas por incrementar nuestros derechos y libertades. Pero también y de manera muy determinante gracias a la dedicación, entrega y tesón de numerosos científicos, investigadores, médicos y personal sanitario y auxiliar, que a lo largo de los tiempo han ido mejorando de manera significativa las condiciones de salud de nuestra sociedad, dotándonos de más adecuadas herramientas para afrontar enfermedades y ganar en calidad de vida. Una labor de la que, lamentablemente, solemos acordarnos sólo cuando nos duele algo.

Recomendaciones a la ciudadanía del Instituto Nacional
Antipalúdico. (Foto cedida por familia Lozano Olivares).
Ahora que las conversaciones a pie de calle transmutaron del fútbol o la política a la epidemiología; que cambiamos nuestra atención de las estrellas del deporte, la música o la pantalla hacia nuestros excelentes científicos -incluso algunos convertidos en virales de las redes sociales (quién no ha oído hablar por ejemplo de Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, cosa harto impensable hace tan sólo unos meses); ahora que se ha hablado extensamente de la Sanidad Pública, la Investigación y la Educación, y de su futuro, y que ha quedado meridianamente claro que se precisa de una decidida apuesta por éstas, tanto en recursos como en amparo, supervisión y titularidad públicas, vamos a ver si se traduce en realidades y no nos olvidamos de todo ello a la que empecemos a girar de nuevo a todo trapo.

El caso es que de estas circunstancias Navalmoral sabe mucho -o debería, por experiencia-, ya que no en vano estuvo en primera línea de uno de los hitos de la salud pública nacional más importantes del siglo XX, como fue la erradicación del paludismo en España, una pandemia endémica arrastrada durante siglos y cuya lucha tuvo en Navalmoral y comarca uno de sus grandes referentes, no solo a nivel nacional sino internacionalmente.

De Izq. a Der.: Rafaela, Josefa, Paquita (ATS) y Felicidad.                       
(Foto cedida por familia Lozano Olivares).
Haciendo un simple paralelismo -aún con muchos matices- entre lo que nos está tocando sobrellevar hoy día y lo vivido en las comarcas del valle del Tiétar durante la primera mitad del siglo pasado, quizá seamos capaces de valorar en mejor medida a aquel esforzado grupo de científicos, investigadores, médicos y sanitarios, que junto a sus colaboradores y ayudantes, y bajo la dirección del Instituto Nacional Antipalúdico de Navalmoral, trabajaron durante décadas con perseverancia hasta alcanzar la erradicación del paludismo en nuestro país.

Precisamente, este 26 de agosto (2020) se han cumplido 100 años de la constitución de la Comisión para el Saneamiento de las Comarcas Palúdicas; hecho que se puede considerar el inicio oficial de la lucha para la erradicación del paludismo en España.

A partir de la creación del primer dispensario y del experimento fundacional llevado a cabo en Talayuela en 1920 -que recogía los importantísimos trabajos y estudios previos realizados en la zona desde principios de siglo- y especialmente tras la creación del Instituto Nacional Antipalúdico en 1925, Navalmoral fue hasta bien entrados los años 60 del siglo pasado punto clave y referente internacional de investigación y formación científica y médica en la lucha contra una enfermedad que había castigado de manera lacerante a tantas regiones españolas durante siglos y que aún en la actualidad sigue matando a cientos de miles personas en el mundo cada año.

Muestra de ello es que en 1943 todavía se notificaron en el país cerca de medio millón de enfermos, mientras que en 1955 fueron 500 casos y en 1961 se registró el último caso de paludismo autóctono en España. La erradicación certificada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) se alcanzó en 1965.

Como ha quedado patente con la irrupción de la pandemia del Covid-19, sanidad, investigación y formación constituyen un trinomio esencial para el desarrollo del bienestar de nuestra sociedad. La arquitectura médica, científica y educativa que se construyó en Navalmoral y su área de influencia en torno al Instituto Nacional Antipalúdico fueron un claro ejemplo de esa importancia y trascendencia.

Sin embargo, y de manera incomprensible, aquella gesta cayó prácticamente en el olvido durante las décadas posteriores, tanto por el desmantelamiento del Instituto Nacional Antipalúdico, como por el ostracismo al que le sometieron las autoridades del momento. De hecho, de todo el patrimonio material e inmaterial que nos legó a Navalmoral y comarca, más bien poco queda. El paso del tiempo, una memoria perezosa y unas instituciones en su día cuanto menos poco preocupadas por su pasado y su patrimonio resultaron un cóctel letal.

A pesar de la profunda marca que dejó entre la población, desde su cierre en 1964 hasta finales de siglo poco o casi nada se hizo para mantener su memoria, ni respecto del Instituto Nacional Antipalúdico, ni sobre la ardua tarea llevada a cabo por médicos, científicos, investigadores y personal asistencial, muchos de ellos vecinos de Navalmoral o de las poblaciones vecinas.

    (Foto cedida por familia Lozano Olivares).                                                 
Ya a finales de siglo, el Dr. Álvaro Lozano Olivares, eminente epidemiólogo y científico, miembro del equipo de la OMS para la erradicación de la polio, e hijo del que fuera parte decisiva en la erradicación de la pandemia en nuestro país y director del Instituto Nacional Antipalúdico de Navalmoral (desde 1939 hasta su fallecimiento en 1960), a su regreso a la ciudad morala trabajó por recuperar y poner en valor la memoria de la lucha antipalúdica. Así, tras unas primeras participaciones en las ediciones de 1995 y 1997 de los Coloquios Histórico-Culturales del Campo Arañuelo y en estrecha colaboración con la División Editorial de PubliSher, en 1998 publicamos el libro biográfico sobre su padre "Vida y Obra del Dr. Álvaro Lozano Morales. La aportación de un extremeño en la lucha y erradicación del Paludismo", un impresionante documento humano, divulgativo e histórico cuyo interés fue reconocido por parte del mundo científico. Con posterioridad, apenas algunas reivindicaciones individuales y la dedicatoria de la edición de 2002 de los Coloquios a la lucha antipalúdica; hasta que en 2015 pusimos en marcha la Iniciativa del Retiro de Carlos V al fin del paludismo en Extremadura.

(Foto cedida por familia Lozano Olivares).
Inspirados en el referido libro sobre los años centrales del Instituto Antipalúdico, la Iniciativa surgió gracias al inestimable apoyo y asesoramiento del Dr. Jesús Lozano Olivares (especialista en Microbiología, Medicina Preventiva y Salud Pública y experto formador médico, a la sazón hijo y hermano de los Álvaro Lozano antes citados) y a la conjunción inicial con los intereses del empresario de actividades rurales de Losar de la Vera Carlos Antón, a través de Conyegar. El objetivo era la puesta en valor de aquel ingente patrimonio material y, sobre todo, inmaterial, con capitalidad en Navalmoral de la Mata y con dos extensiones destacadas como son el Monasterio de Yuste (donde Carlos V contrajo el paludismo, enfermedad que le causó la muerte) y el Dispensario de El Robledo, como centro asistencial de campo, triangulando un área de especial interés científico, educativo, cultural e histórico.

A pesar de la buena acogida recibida por cuantos organismos e instituciones les presentamos el proyecto (entre otros, Instituto de Salud Global de Barcelona, Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste, la farmacéutica GlaxoSmithKline, asociaciones para el desarrollo de las comarcas de La Vera (ADICOVER) y del Campo Arañuelo (ARJABOR), ayuntamientos de Losar de la Vera, Jarandilla y Navalmoral de la Mata, o Fundación Cultural Concha), en honor a la verdad debo decir que los resultados obtenidos han sido realmente escasos.

Aún y así, de aquel esfuerzo e ilusiones surgió el curso "Europa ante los desafíos globales de la Cooperación al Desarrollo. Erradicación y prevención de enfermedades endémicas: Malaria" celebrado dentro del Campus Yuste 2017, y que organizado por la Fundación Yuste en colaboración con la Universidad de Extremadura y la Iniciativa entre otros, resultó un rotundo éxito.

También fruto en buena parte de aquella idea inicial y gracias a la visión del gerente de Adicover, Quintín Correas, se fraguó la adecuación del dispensario de El Robledo como Centro de Interpretación del Paludismo, lo que permitió a Losar de la Vera incorporarse a los Itinerarios Culturales Europeos de Carlos V.

Y en los últimos tiempos, una placa conmemorativa frente al Palacio de Justicia (antiguo Instituto Antipalúdico) y un tímido anuncio (aunque bienvenido) de una exposición temporal en Navalmoral, con fecha por determinar.

En lo particular, aunque mi objetivo siempre ha sido el de avanzar mucho más en el desarrollo de estos proyectos, convencido como estoy que de trata de un elemento diferenciador de amplio recorrido, doy por bien empleados tiempo, ilusiones y esfuerzos. Y aunque me gustaría poder estar hablando hoy día de otra realidad muy distinta, sí me doy por satisfecho con al menos haber conseguido repescar aquel episodio extraordinario de la historia de nuestra ciudad.

Pero nuestra tierra y nuestras gentes merecen más. Navalmoral de la Mata cuenta con la historia, el prestigio, la capacidad e incluso el deber, no solo de rendir un merecido reconocimiento a todas aquellas personas que dedicaron buena parte de sus vidas -y en muchos casos de su salud- al servicio de la colectividad para atajar una terrible pandemia que cercenó la salud, economía y desarrollo de los municipios y habitantes del valle del Tiétar durante siglos, sino de aprovechar ese valiosísimo poso para impulsar un polo de divulgación histórica y conocimiento científico diferenciador e identificador de las capacidades de Navalmoral y los moralos, con especial atención a la formación y la investigación. El primer centenario del inicio de la lucha oficial contra el paludismo en España hubiese sido una gran excusa para haberle dado la visibilidad que le corresponde.

Curso de formación de 1943 en el Instituto Nacional Antipalúdico de Navalmoral (Foto cedida por familia Lozano Olivares).

Volviendo a la actualidad, durante estos últimos meses se ha destacado en múltiples ocasiones el trascendental e imprescindible papel que sanitarios, médicos y científicos están teniendo en la lucha contra el Covid-19, así como el de aquellos sectores que hemos descubierto esenciales para nuestro cuidado y abastecimiento, entre los que incluimos a las fuerzas y cuerpos de seguridad, alimentación, limpieza y asistencia social. Esperemos que no se nos olvide tan pronto como me temo que nos pasará, a la vista de no pocas actitudes insolidarias, incívicas y de un absurdo egocentrismo.

Con la mirada presente de los esfuerzos titánicos que se están haciendo tanto social como científicamente para vencer la enfermedad del Covid-19, quizá contemplemos y valoremos mejor la gesta alcanzada por aquel entonces.

Juan Carlos Moreno, 28-08-2020

Nota del autor: Este artículo ha sido publicado previamente y de forma extractada bajo el título "Centenario antipalúdico" en la edición impresa del diario HOY Navalmoral correspondiente al mes de Agosto 2020, así como el hiperlocal digital HOY Navalmoral de 26-08-2020, al que podéis acceder mediante el siguiente enlace: "Centenario antipalúdico".











jueves, 6 de junio de 2019

HORTA-MORALO: FÚTBOL, REENCUENTROS, UNA MAR DE EMOCIONES!

La afición morala vivió el partido en auténtico ambiente festivo (foto: Yolanda Fernández).
El primero de junio pasado, el principal equipo de fútbol de Navalmoral de la Mata, el MORALO C.P., escribió una de las páginas más significadas de su ya casi centenaria historia: La victoria a domicilio por 0-1 ante la Unió Atlètica d'Horta, que le supuso a los verdes superar la primera eliminatoria de los play-off en su camino por conseguir el ascenso a la Segunda División B del fútbol español. 


A 840 kilómetros de Navalmoral de la Mata, no perdimos la ocasión de visitar el campo del barcelonés barrio de Horta, para vivir una muy especial jornada de fútbol, reencuentros y una mar de emociones. Unas sensaciones que describí en las páginas del diario Hoy.Navalmoral


lunes, 1 de octubre de 2018

UN RINCÓN DE FELICIDAD


Un remanso de paz, una porción de paraíso, un rincón de felicidad,... dilo como quieras, pero eso es ese pequeño hilo de agua y vegetación que se hunde en el valle que conforma el río Viejas entre el Cerro del Avellano y la Sierra de Rontomez, en su postrer camino antes de confluir y ceder sus aguas puras al río Ibor.

A escasos cuatro kilómetros de la localidad cacereña de Castañar de Ibor por la carretera EX-386 que enlaza ésta con Robledollano y Deleitosa, y un poco más adelante de la piscina natural de Castañar y de la denominada Junta de los Ríos, en un giro del antiguo trazado de la carretera en desuso, tras un pequeño camino rodado de varias decenas de metros se alcanza una pequeña balsa represada en el cauce del río Viejas, bajo las imponentes laderas del Cerro del Avellano, que la preside hacia el sur.

A pocos metros, antes de la balsa cauce arriba, se nos abre este pequeño paraíso natural por el que discurren las cristalinas aguas del Viejas, que tras su agreste recorrido desde las cumbres de las Villuercas, se amansan en el último tramo para acabar aportando su caudal al gran río del valle principal, el Ibor.

Durante los meses de estío, en su breve trazado entre la piscifactoría existente a las puertas del valle que lleva su mismo nombre y la junta de los ríos, la densa vegetación ribereña que acompaña a las alegres pero serenas aguas del río Viejas nos mantiene al cobijo de las altas temperaturas. Y así es como una humilde y discreta porción de naturaleza te puede deparar un regalo de incalculable valor.

Corría la infernal primera semana de agosto del verano pasado (2018) durante la que los termómetros quisieron batir récords. Yolanda y yo habíamos llegado el día anterior a nuestro destino en los muy acogedores chozos de Carrascalejo, en la comarca de la Jara cacereña. Con el fin de intentar encontrar algo de fresco, decidimos saltar la Sierra de Altamira a través del panorámico collado de Arrebatacapas y acercarnos al valle del Ibor por Navatrasierra. Un frondoso itinerario de 37 serpenteantes kilómetros que atraviesan además de Altamira, la Sierra del Hospital del Obispo y la de la Palomera, con un espectacular descenso final a vista de pájaro sobre la Garganta Honda, antes de incorporarnos a la carretera Navalmoral-Guadalupe (EX-118), cerca de Navalvillar de Ibor, desde donde valle abajo llegamos en unos minutos a Castañar de Ibor.

Lejos de nuestras expectativas y a pesar de la belleza del recorrido, el resultado no pudo ser más desolador: cansancio y agobio extremos causados por el sofocante calor de unas infernales temperaturas, que por añadido estaban afectando duramente a nuestra perrita Laia, de pelo negro abundante y poco amiga del agua. Incluso era incapaz de poner sus patas al suelo, ya que éste ardía y le provocaba quemazón en las almohadillas de pies y manos. Lo cierto es que no recordaba yo nada igual, a pesar de los fuertes calores veraniegos habituales por estos lares.

Pero esta tierra nuestra siempre nos guarda sorpresas agradables; es lo que tiene. Cuando ya dábamos el día por resuelto, una pausada estancia en la terraza del restaurante del Hostal Solaire, en Castañar, y su reconstituyente almuerzo a base de una exquisita ensalada, queso de la tierra y magro, nos repusieron el ánimo y las fuerzas, con lo que decidimos acercarnos a ese discreto rincón del Viejas, que ya conocíamos de anteriores ocasiones, con el fin de refrescarnos un poco.

Así fue como una vez más pudimos disfrutar de esa sensación de profunda calma, de ese silencio ruidoso del agua avanzando rauda hacia su destino, haciendo crepitar los cantos rodados y piedras del lecho a su paso; del suave balanceo de las hojas mecidas en los majestuosos alisos que se yerguen a sus orillas, generando un agradable refugio bajo su manto, o del variopinto piar y trinar de los pajarillos que moran en su interior.

Y allí, en medio de aquel pequeño curso de agua, con los pies hundidos (incluso nuestra perrita, tan poco amiga de mojarse) y sentados sobre una piedra, o acolchados por la hierba de la orilla, dejando pasar la tarde sin prisas ni preocupaciones, hallamos nuestro remanso de paz, nuestra porción de paraíso, nuestro rincón de felicidad.

Juan Carlos Moreno, a 28-9-2018.






sábado, 11 de noviembre de 2017

A MIGUEL LOZANO

Verano de 2013. Cae la noche sobre Belvís. En los cercanos cerros, la silueta del otrora todopoderoso castillo se desvanece en la oscuridad. A escasos kilómetros de la fortaleza, en la llanura de Los Pinos, compartimos con nuestros amigos y anfitriones una exquisita barbacoa con la que nos han deleitado para celebrar nuestra presencia. 

Al rato, la profunda y purpúrea puesta de sol de estos lares llega a su fin y deja paso a la negra noche. Y entonces se obra ante mí una escena que no olvidaré nunca. Una vez hemos dado buena cuenta de los manjares con los que nos han agasajado, nuestros anfitriones se levantan de la mesa y sin interferir en la animada charla que mantenemos con Sílvia y demás invitados, de manera sencilla y discreta se dirigen hacia los sauces y pinos que cuidan con esmero a escasos metros de la casa. Allí, bajo la infinita cúpula de estrellas, Angelita se sienta sobre la hamaca tendida entre dos de sus troncos y en reposada calma se deja balancear por él, su compañero vital. Y Miguel, con la ancestral serenidad de los años vividos y la dulzura que sólo el amor más profundo puede dar, mece suave con sus trabajadas manos a la mujer con la que ha compartido su corazón. 

A unos metros de allí, ajeno a la conversación que manteníamos en torno a la mesa bajo el porche de la casa, me quedé abstraído contemplando aquel momento de absoluta armonía que sin quererlo nos regalaron para siempre Miguel y Angelita. Y pensé sin dudarlo: "Eso es vivir en paz; eso es lo que quiero yo para nosotros, eso es lo que quiero regalar a Yolanda, ese remanso de paz y serenidad". 

Han pasado unos cuantos años ya de aquella noche tan especial y sigo recordándola con la misma intensidad. Y lo digo sin sonrojo. Esa fue la gran lección que me dejó mi amigo Miguel Lozano. Una magnífica persona a la que en casa siempre hemos añorado en la distancia y de la que nos duele en la más profundo su reciente ausencia.

Nunca le conocí en su faceta profesional ni en la social, sólo le conocí en su faceta personal y familiar, que es con la que me quedo y la que me interesa. Persona sencilla, amable y desprendida, Miguel (y Angelita) siempre nos abrieron su casa y su amistad. Nunca buscó nada a cambio. Se sintió bien con nuestra compañía y nosotros con su hospitalidad. En su piso de la Avenida de San Isidro primero, pero sobre todo en la parcela de Los Pinos, compartimos no pocas veladas charlando de todo y de nada, al relente bajo el porche en las frescas noches de verano, o al calor de la lumbre en la bien alimentada chimenea del interior durante las largas tardes de invierno.

Otra cosa no puedo hacer para paliar su pérdida; lo único que se me ocurre es compartir con todos cuantos formamos parte del mundo de Miguel (contigo Angelita, con vosotras Sílvia y Elsa, con todos y todas sus familiares y amigos y amigas, y contigo Yola) este sentimiento, esta lección, este ejemplo de vida que nos dejó en herencia.

Allá donde estés, aquí se te encuentra a faltar Miguel.

Juan Carlos Moreno, 11-11-2017.



jueves, 17 de agosto de 2017

EL INSTITUTO NACIONAL ANTIPALÚDICO Y ÁLVARO LOZANO, REFERENTES PARA LA COMUNIDAD CIENTÍFICA


Comparto mi nueva entrega en el diario HOY Navalmoral, dedicada al curso sobre Cooperación y Malaria celebrado en el Campus Yuste, el pasado mes de julio. Publicado en Edición Impresa de agosto 2017 y en la edición Digital de HOY Navalmoral el 16 de agosto de 2017.


http://navalmoral.hoy.es/noticias/201708/16/instituto-nacional-antipaludico-alvaro-20170816215628.html


Ponentes, alumnos y organizadores del curso Cooperación y Malaria. Foto cedida por Fundación Yuste.

jueves, 15 de junio de 2017

EL PROGRAMA DEL CURSO SOBRE MALARIA, AL COMPLETO

El programa completo sobre el curso dedicado a estudiar el pasado, presente y futuro de la malaria, ya se encuentra disponible en la web de la Fundación Academia Europea de Yuste.

Promovido por la Fundación Academia Europea de Yuste y la Iniciativa Del Retiro de Carlos V al fin del paludismo en Extremadura, el curso contará con científicos, profesores y expertos en Cooperación y Salud Pública y se celebrará del 5 al 7 de julio próximos dentro del Campus Yuste (Monasterio de Yuste)

viernes, 9 de junio de 2017

EL PASADO, PRESENTE Y FUTURO DE LA MALARIA, A ESTUDIO EN EL CAMPUS YUSTE

SE ANALIZARÁ EL PAPEL FUNDAMENTAL QUE TUVO EL INSTITUTO NACIONAL ANTIPALÚDICO DE NAVALMORAL EN LA ERRADICACIÓN DEL PALUDISMO ESPAÑA



Nacido de una apuesta de colaboración entre la Fundación Academia Europea de Yuste y la Iniciativa Del Retiro de Carlos V al fin del Paludismo en Extremadura, el curso abordará los retos de la prevención y la Cooperación Internacional en la Salud en la lucha contra las enfermedades endémicas, como es el caso de la malaria, que sigue causando miles de muertes cada año en el mundo.

El curso se enmarca dentro del Campus Yuste de verano de la Fundación Academia Europea de Yuste y tendrá lugar del 5 al 7 de julio. Ya está abierto el plazo de inscripción.

http://www.fundacionyuste.org/europa-ante-los-desafios-globales-de-la-cooperacion-al-desarrollo-erradicacion-y-prevencion-de-enfermedades-endemicas-malaria/

domingo, 14 de mayo de 2017

UNAS HORAS EN EL PUEBLO

Parque Municipal Casto Lozano (foto: Juan Carlos Moreno)






Sentirme en casa. Esa es la sensación que me quedó tras pasar unas horas (sí, apenas unas horas) de nuevo en Navalmoral de la Mata.

Fue hace unos pocos días. Una visita rápida para gestionar unos asuntos, ida y vuelta en el mismo día. Pero tuve tiempo suficiente para reencontrar viejos amigos y conocidos; para recrearme en ese ambiente de la ciudad morala que me imbuye una apaciguadora sensación de pertenencia, de sentirme en casa. Una sensación que me activa el ánimo.

Nada más bajar del autobús, lo primero que hice fue salir de los andenes, cruzar el paseo de la estación y adentrarme en el Parque Municipal Casto Lozano. En silencio, roto estruendosamente por los centenares de pajarillos que anunciaban el inminente alba, pasee calmadamente por sus callejas de una tierra empapada por los últimos chubascos recién caídos, pensando en Yolanda, mi mujer, y lo mucho que le habría gustado compartir estas sensaciones conmigo, morala por los cuatro costados ella que se siente. Ella tuvo que quedarse trabajando en Barcelona, aunque su ánimo me acompañó en todo momento. 

Cuántos y cuántos días habríamos llegado a pasear por aquel parque, llevando a jugar a nuestros hijos cuando eran pequeños, dando vueltas al mismo a la carrera, compartiendo espacio con los pequeños atletas entrenados por Víctor, en lo que fuera el embrión del club de Atletismo de Navalmoral; disfrutando del relente durante las noches de verano, o sentados en alguno de sus bancos, viendo pasar la tarde acurrucados en nosotros mismos. Fueron instantes de recuerdos muy agradables y de nostalgia, pero también de una gran serenidad.

Levantó el día y Navalmoral empezó a despertar, y con ella una jornada intensa y llena de emociones. Tras gozar de la siempre dispuesta hospitalidad de mis buenos amigos Miguel Ángel y Sole, inesperadamente y fuera de guión me topé con Jose y Javi, mis payasos favoritos. Hacía pocos meses que no nos veíamos, ya que habíamos acudido a su actuación en Cornellà (Barcelona) dentro del Festival Internacional del Circo. El alegrón fue tremendo. Y los recuerdos me llevaron a aquellos años en que ambos eran guía para nuestros hijos durante los primeros campamentos urbanos de verano de Navalmoral. También me trajeron a la memoria al Pirata Malapata, los pinitos de Asaco en Canal 25TV, nuestra televisión local, cuando tuve la ocasión de dirigirla. 

Al ser viernes y a pesar de los intermitentes chaparrones, me acerqué al colegio Campo Arañuelo, primera escuela de mis hijos y pasee por el mercadillo, en busca de José Luis y Silvia, aunque sin fortuna en este caso.

Después me pasé a saludar a varios viejos compañeros, cuya amistad forjamos durante los seis años en que compartimos lugar de trabajo. La emoción sobrevino al reencontrarme con Sara, con quien había pasado cientos de interminables horas, de las que quedó una inquebrantable amistad. Aunque habíamos hablado por teléfono en alguna ocasión, hacía años, muchos años, que no nos habíamos vuelto a ver. Pero Sara sigue igual, como siempre. 

De esas horas me llevo en el corazón el buen rato que pasé con Toñi y con Jandro (todo un hombre ya; le recordaba de mozuelo) repasando aquellos años en que coincidimos en la casa y poniéndonos al día; pero sobre todo hablando de Navalmoral, de ese sentimiento de arraigo que nos une. Y con Raquel, una afable mujer ya muy distinta a aquella niña que conocí cuando compartíamos buenos ratos con su madre y sus tíos. Y el sincero abrazo de Manolo, con quien compartí años atrás también un buen montón de situaciones. Y de nuevo, esa sensación de encontrarme en casa.

Satisfecho y emocionado por los reencuentros, antes de concluir mi rápida y breve visita a Navalmoral todavía me quedó tiempo para visitar a Higinio, disfrutar con las bravas, magro y un poco de morro del Manzano, y pasar por la Charcutería Extremeña de Sagrario para cargar con un quesito de pimentón, un manjar que le encanta a mi Yolanda y que estaba destinado a ser deleitado nada más llegar a Barcelona.

Fueron horas de intensa emoción las que viví y que por siempre llevaré ya en mi memoria. Fueran horas en las que pude confirmar de nuevo que Navalmoral es nuestra casa.

Juan Carlos Moreno, 14-5-2017



viernes, 15 de enero de 2016

EL PLACER DE LAS COSAS SENCILLAS

Una mesa y un banco de piedra en una tranquila porción de tierra extremeña. Bajo un almendro, mi amada esposa descubriéndome los secretos de su preciado fruto. No existe el paso del tiempo, el reloj queda relegado por una sensación de serena plenitud...

En no pocas ocasiones las cosas sencillas son las que nos aportan las más grandes satisfacciones. Estoy convencido de que los episodios dulces de la vida pocas veces tienen que ver con la opulencia y la sofisticación; más bien al contrario. También creo que cuando uno vive feliz como me siento yo, es bien fácil hallar aquellos pequeños momentos de sintonía con el mundo que te hacen sentir tan bien.

Corría mediados de agosto del pasado verano de 2015. Regresaba con Yolanda de visitar Guadalupe. Remontábamos las cuestas de la carretera que nos devolverían al valle del Ibor, que ya habíamos recorrido horas antes camino de la puebla. Al llegar al collado que separa las sierras de Guadalupe y de Altamira, nos detuvimos en la zona acondicionada como aparcamiento para cuantos visitantes desean disfrutar de las magníficas panorámicas que ofrece el lugar. Hacia el sur, casi a vista de pájaro, la puebla y los llanos hacia el sureste siguiendo el arroyo Guadalupejo y a poniente, las frondosas laderas y cimas de las Villuercas. Nosotros no fuimos menos que tantos otros y nuestros ojos se llenaron de tan gratificante espectáculo de la naturaleza.

Por un breve camino que parte del margen izquierdo de la carretera (al Este) en el mismo collado, se accede al Humilladero (una pequeña ermita de estilo mudéjar, también denominada de la Santa Cruz, que allí se ubica desde el S.XV). En su entorno, existe una sencilla pero acertada zona de recreo. Era el lugar adecuado para nuestro almuerzo, compuesto de uno de nuestros espectaculares bocatas, chips, aceitunas y unas galletitas de chocolate. Así que nos pusimos manos a la obra.

Cuando hubimos dado ya buena cuenta de nuestro ágape, Yolanda se puso de pies sobre la bancada, alzó el brazo y tras unos breves escarceos volvió a sentarse sonriente, soltando un puñado de frutos sobre la mesa.

Para este pueblerino urbanita resultó toda una sorpresa cuando cogió una piedra, chascó la cáscara, peló el fruto y me obsequió con la almendra más rica jamás saboreada. Fue todo un descubrimiento para mi, no tengo reparos en decirlo; así como un gozo ver como disfrutaba mi mujer rememorando sus años de infancia a golpe de cascar almendras. Su sereno gesto de placidez, de dulce calma enraizada en esa tierra que tanto amamos, me transformaron el espíritu y ambos compartimos uno de aquellos episodios llenos de sencillez pero que te deparan sensaciones de auténtica paz.

Juan Carlos Moreno, 15-1-2016




miércoles, 18 de noviembre de 2015

LA MOVIDA MORALA

En la radio de mi tocadiscos suena Sweet Home Alabama, el tema mítico creado en 1974 por la banda rockera estadounidense Lynyrd Skynyrd... y como cada vez que la escucho, mi mente se transporta como un acto reflejo hasta un pequeño local, de paredes escarchadas de ocre, bancos de tronco de madera oscura curada y barnizada, y tocones de grueso árbol a modo de mesas, aderezado todo con detalles trivales y una diana electrónica presidiendo la pared del fondo. Al lateral, una larga barra tras la que siempre atento y displicente Juan Pedro atiende a la clientela con esmero y un buen hacer aplomado por los ya más de veinticinco años de servicio al frente del Itaka.

El Itaka, escenario y banda sonora de muchas noches de disfrute junto a mi mujer Yolanda; noches de cañas y cacharritos; campeonatos de dardos y encuentro con los amigos; lugar de reunión del grupo de alta montaña del CECA y lugar de parada obligada en carnavales, para sanmigueles, navidades y fin de año. Y también para tomar una copa de terraza en las noches de verano.

El Itaka, un viejo corral en los aledaños del peatonal de Navalmoral de la Mata, reconvertido a finales de los años ochentas por Juan Pedro Carrasco y su hermano Toñi en establecimiento de copas, es uno de los locales más emblemáticos y longevos de lo que se llegó a conocer como la Marcha Morala, crecida bajo la influencia de la Movida madrileña nacida en la capital en los años renovadores de Tierno Galván al frente de la alcaldía madrileña.

En la terraza nocturna del Itaka. Foto: Yolanda Fernández
Estábamos saliendo de los primeros pasos de la transición del franquismo a la democracia, el socialismo había alcanzado el gobierno de la nación, las autonomías se habían constituido ya y Extremadura comenzaba a avanzar al empuje del entonces presidente Juan Carlos Rodríguez Ibarra. En Navalmoral, el socialista Javier Corominas lideraba el proyecto transformador del municipio que vivía unos tiempos de gran vigor con una Central Nuclear de Almaraz pujante, la apertura del Hospital comarcal Campo Arañuelo como nuevo impulso de crecimiento y con la relevancia de los institutos moralos de enseñanza media Augustóbriga y Zurbarán, que acogían a los escolares de Bachillerato y Formación Profesional de la comarca. Hacia finales de la década de los 80 del pasado siglo, Navalmoral era cabecera de partido judicial de más de 40 municipios y se había convertido en la ciudad de servicios e influencia de las comarcas de su entorno: Campo Arañuelo, Los Ibores y La Vera.

Esa notoriedad que ya era muy acuciada de día, fue prolongándose también a las noches moralas, y con la expansión urbanística de Navalmoral hacia el oeste, entorno a la zona de nueva creación de la Serradilla y más concretamente aprovechando la nueva calle del Puerto Carrales, se fue generando un área de animación nocturna en la que proliferaron pubs, bares de copas y semidiscotecas, llegando a adquirir tal relevancia que obtuvo la denominación popular de "Calle de la Marcha", "Puerto de la Marcha" e incluso "La Movida Morala". Fueron establecimientos que calaron fuerte entre la población, ávida de distracciones nocturnas; locales que llegaron a ser muy queridos y populares, como el Street (posteriormente Versión Original); el Blues del Autobús (todo un símbolo de la época, que cerró ahora hace dos años); el Film Factory, o el Look, que nació como bolera en la que se servían sandwiches y con una pequeña pista de baile, para después convertirse en pizzería, y con el tiempo en restaurante de referencia, mostrando una encomiable capacidad de adaptación a diferentes estilos a lo largo de los años, siendo uno de los pocos locales que todavía se mantiene en aquella "calle de la Marcha".

Pero la movida morala no se circunscribía a la calle del Puerto Carrales, sino que se fue extendiendo a otras zonas para dar respuesta a las necesidades, usos y hábitos de la nutrida juventud y población adulta que poblaba las calles durante las noches moralas, tanto en verano como en invierno. Así, en el entorno del peatonal surgieron locales emblemáticos como el ya citado Itaka, el Abuelo (en el que echamos una buena cantidad de noches conversando con Luis Serrano, uno de sus propietarios), y algo más tardano el Canterville. Oferta que se completó durante aquella época por otros locales habituales como el karaoke del Mármara; el Templo, el Toíto, el Trazos, el Globo, Al´Yamil, Bufón, Bloc, El Hueso o la discoteca Zódiac. Mención especial merecen también el Paco Micro (en la avenida San Isidro), local de éxito de uno de los pinchadiscos-diskjockey más carismáticos de la época en Navalmoral, y el Nivel II, que albergaba a los más trasnochadores, en la zona de la variante de la Nacional V, entre otros.

Eran tiempos de pujanza, de crecimiento bastante generalizado... de jueves social. Era el día en que los estudiantes de la comarca que habían estado en los institutos moralos durante la semana preparaban las maletas para volver a casa por el fin de semana y la tradición marcaba la salida nocturna para celebrarlo. Navalmoral y sus gentes siempre han sido abiertas y acogedoras, con una relación social muy fuerte y las noches de la Marcha eran un complemento esencial, vital de la ciudad.

Los años han hecho evolucionar todo y, afortunadamente, nuestros pueblos y comarcas han ido creciendo en servicios e infraestructuras, y prácticamente cada cual tiene sus zonas de animación nocturna, por lo que la movilidad es menor y la movida morala ha quedado para uso más local.

Al relente de las noches, testigo de toda esta evolución de los años, pero impertérrito al paso del tiempo cual si fuera aquel primer día de hace ahora más de un cuarto de siglo, ahí sigue el Itaka abriendo sus puertas cada jornada, bandera de aquella movida morala, para seguir ofreciéndonos lo mejor de las noches de Navalmoral. Y mientras, yo seguiré escuchando Sweet Home Alabama y recordando con afecto aquellas noches de Marcha Morala.



Juan Carlos Moreno, 18-11-15

jueves, 15 de octubre de 2015

AL CALOR DE LA LUMBRE


No sabría decir el porqué, pero no tengo duda alguna a la hora de afirmar que para mí supone uno de los mayores placeres que ofrece a los sentidos el invierno. Pocas cosas hay tan placenteras como compartir con quien más quieres una tarde de serena lumbre, al resguardo del frío riguroso y penetrante del exterior. Como durante aquella copiosa nevada que cubrió por entero las altas cumbres de Gredos, pero también sus valles y sus pueblos.

Allí, en una pequeña sala del modesto refugio de Barajas, en Navarredonda de Gredos, junto a Yolanda, cuerpo con cuerpo y entrelazadas nuestras manos, a la vera de la leña que ardía con viveza en la chimenea, pasamos horas, la tarde y más, hipnotizados por la pureza de la lumbre y el crepitar de sus llamas... si hay nirvana, seguro que era aquello. Fue una tarde-noche en la sierra abulense realmente especial, excepcional.

Me siento afortunado de haber podido revivir con mi mujer esas sensaciones en un buen puñado de ocasiones más. En la casa rural de Campalans, en Borredà (un acogedor pueblecito del Berguedà), tras la sabrosa calçotada que quitaba el hipo con que me obsequió; o cuando compartíamos lumbre con nuestro recordado y querido Pepe Vizcaíno en su casa de Talayuela; o cuando pasábamos largas tardes de invierno al hogar de la parcela de nuestros amigos Miguel, Angelita y Silvia en Los Pinos de Belvís de Monroy, o en el corral de La Peligrosa en que la asociación de vecinos de Cinco Barrios acogía a la Comisión de Festejos para despedir el Carnaval de Navalmoral, donde sosegábamos los cuerpos tras largas horas de entierro de la sardina, melindros y chocolate incluidos.

Lo cierto es que cuando te sientas a la lumbre, es como si el tiempo no existiese. La mente más que los ojos -que se convierten en meros instrumentos- se queda clavada sin remisión en la llama que asciende viva y limpia hacia el hueco de la chimenea; en los leños chisqueantes que poco a poco, calmamente, van desvaneciendo su robustez pasada. Y cuando ya estás totalmente absorto en los rescoldos, entonces te llega ese olor a encina que penetra en tus sentidos y lo aromatiza todo, impregnándote de un sabor a nostalgia, quasi a añoranza de los ancestros; aquellos de cuando la vida se vivía en sintonía con lo natural, con lo puro... Y así, sin darte cuenta, el fuego ha vuelto a domar tu alma.

Juan Carlos Moreno, a 14-10-2015